domingo, 1 de marzo de 2009

Naufragios: Historias que Tocaron Fondo en las Costas Australianas

Entre míticas y apasionantes, sus historias
sobrevivieron al entierro bajo el mar y emergieron
para dotar de significado los tesoros del Loch Ard,
del Zeewijk y del Batavia…


Un día de junio, hace casi 130 años, dos muchachos de 18 años, Eva Carmichael y Tom Pearce, fueron traídos a este puerto empapados y aterrorizados. Eran los únicos sobrevivientes entre 54 personas que venían a bordo del Loch Ard, un barco procedente de Inglaterra. Los habitantes del lugar estaban espantados por la tragedia. Pero no sorprendidos: el hundimiento de bar­cos era cosa común en el siglo XIX en el estado australiano de Victoria, cuya línea marítima se llama, justamente, Costa de los Naufragios. En el mapa aparecen marcados poblaciones, esta­ciones de gasolina, puntos de interés turístico y restaurantes, pero la cantidad de andas azules que denotan los sitios donde las naves se fueron a pique sobrepasa cualquier otro signo. Fueron cientos. Para el visitante, cuesta trabajo entender cómo es que los capitanes y sus ofi­ciales seguían llevando sus buques por aguas tan peligrosas y tropezándose, da la impresión, con los mismos escollos, arrecifes e islas.

El poderoso viento que aquí se siente es el mismo que impulsó decenas de miles de naves desde Europa, y quien pone atención puede escuchar que trae sonidos de olas que golpean los puentes, de madera que cruje y se quiebra, de mujeres que piden auxilio desesperadas y de hombres recios que lloran ante la inminencia de la muerte. El del Loch Ard fue el incidente con mayor número de muertos en Victoria. Pero en la costa oeste ocurrieron cosas todavía peores y más dramáticas. Como la arriesgada aventura que salvó a la gente del Zeewijk y el espantoso destino del Batavia, una vergüenza para el género humano.


Cementerio Marino

Desde el siglo XVII, Ios marineros europeos hallaron rutas para llegar a las Indias Orientales, atraídos por el comercio de especias. Navegaban en barcos de madera que eran mi­núsculos para los estándares de hoy. Faltos de energía nuclear, claro está, y de combustibles fósiles, dependían del viento para avanzar. Para calcular su posición y el rumbo, se basaban en las estrellas, en sextantes y en los mapas dis­ponibles, que hoy nos resultan peligrosa mente imprecisos. Grandes secciones de la costa no estaban registradas y en donde sabemos que hay arrecifes, islas y continentes, dejaron espacios vacíos.

Antes de la construcción del Canal de Suez (1869), que permite pasar directamente del Mediterráneo al Océano índico a través del Mar Rojo, los barcos bajaban por la costa del norte de África y cruzaban el Atlántico hasta puertos sudamericanos, como Rio de Janeiro, donde podían reabastecerse y arreglar daños. Después volvían a atravesar ese océano y le daban la vuelta a África por su extremo sur, el Cabo de Buena Esperanza. Entonces buscaban los “Rugientes Cuarenta”: poderosos vientos del oeste que predominaban entre las latitudes 40 y 50 sur. Se dejaban llevar hacia el este y en cierto momento viraban al norte para llegar a Java, en lo que hoyes Indonesia, antes conocida como Islas de las Especias. El problema era que los Rugientes Cuarenta resultaban una bendición y un peligro a la vez: si los navíos no cambiaban de ruta a tiempo, los proyectaban a gran velocidad contra la costa de Australia Occidental, plagada de islas bajas y arrecifes.

A partir de 1788, cuando fue fundado el Puerto de Sydney y su colonia penal, el gobierno inglés empezó a enviar buques cargados de prisioneros rumbo a la parte oriental de la isla, mucho más fértil y amable que el lado contra­rio. Más adelante, en 1851, fueron descubiertas grandes reservas minerales en el sur, en Victoria, y la fiebre del oro que engrandeció Melbourne atrajo a decenas de miles de europeos empo­brecidos. Las compañías naviera s competían entre sí por convencer a posibles pasajeros y los transportaban en barcos repletos, en malas condiciones y sin medidas de seguridad, en un viaje espantoso que duraba seis semanas y que a veces terminaba en naufragio. El resultado es que las aguas australianas son un cementerio para más de 6,500 naves hundidas, lo que equi­vale a una por cada nueve kilómetros de costa.


Aventura sin Final Romántico

Muy cerca de aquí, Port Campbell, se encuentra una de las atracciones famosas de la región, los “Doce Apóstoles”: altas columnas de roca caliza, modeladas por el viento y el agua, que se alzan hasta 70 metros desde el mar. Pero no son 12; nosotros contamos sólo ocho. Varias de ellas han sido derribadas desde que les pusieron nombre. Y al menos otra se formó en 2005: antes estaba unida a la tierra por un puente natural que se desplomó. Se puede anticipar que lo mismo le va a ocurrir al promontorio que ahora usan los observadores: la roca caliza es poco resistente y el océano se está comiendo 105 farallones. Esto deja numerosos restos bajo el agua, de los que se puede ver algunos, pero la mayoría está escondida.

El Loch Ard salió de Inglaterra rumbo a Melbourne el2 de marzo de 1878, al mando del capitán Gibbs, un recién casado de 29 años. Llevaba 17 pasajeros, una tripulación de 37 personas y un cargamento que reflejaba bien el Melbourne de la época: artículos de lujo (sombreros, sombrillas, perfumes, pipas de por­celana, pianos, relojes, ropa de cama) y objetos para la minería (hierros de ferrocarril, cemento, plomo y cobre).

A las tres de la mañana del 1 de junio, el capitán Gibbs esperaba hallar tierra. Pero bajo una niebla densa no podía ver el faro del Cabo Otway. A las cuatro, cuando la visibilidad mejo­ró, un hombre avistó rompientes: los farallones de la Costa de los Naufragios, y el capitán se dio cuenta de que estaban mucho más cerca de ella que lo esperado. La falta de viento impidió que navegaran hacia aguas profundas; trataron infructuosamente de anclarse al fondo, pero ya estaban entre las rompientes, a 800 metros de una pequeña isla y, súbitamente, el ancla le dio un tirón a la proa provocando que la nave encallara en un arrecife.

Todo fue muy rápido: las olas impactaron en el barco, cuyo puente principal se soltó del cas­co; mástiles y jarcias cayeron sobre los pasajeros y la tripulación. Parecía imposible liberar los botes salvavidas. Cuando lograron soltar uno de ellos, éste chocó contra el Loch Ard y volcó.

El aprendiz Tom Pearce, que estaba en el bote, logró aferrarse a su casco volteado y protegerse bajo él. Estuvo a la deriva hasta que la marea alta lo arrojó a la costa, donde halló una cueva para refugiarse.

Mientras tanto, en el barco, parte de la tripu­lación que había permanecido baja el puente para protegerse de 105 mástiles se ahogó cuan­do el buque resbaló del arrecife hacia aguas profundas. Eva Carmichael, una joven pasajera, corrió a cubierta y encontró al capitán Gibbs, quien la detuvo y le rogó: “¡Si te salvas, dile a mi amada esposa que morí como un marino!” Momentos después, una gran ola arrastró a la chica. Pudo sujetarse a un palo y flotó por cinco horas hasta que fue arrojada al mismo lugar que Tom. Ella gritó hasta llamar su atención. El chico nadó hasta la roca sobre la que ella estaba, semiinconsciente y aterida. En la cueva, la reanimó con brandy de una caja que encontró flotando. Más tarde fue a buscar ayuda y encontró a dos hombres. Eva, que había perdido a toda su familia en la tragedia, regresó a Irlanda seis semanas después. Él fue premiado y recompensado, y se le dio trato de héroe. Las crónicas de la época mencionan que hubo gran decepción entre los muchos que habían segui­do la historia con interés, debido a que estos dos jóvenes no terminaron casados.

Rescáte a ti Mismo

En medio del desastre, Eva y Tom tuvieron la enorme suerte de encontrar quien los ayudara. Esto no era muy común en un territorio tan grande y escasamente poblado. Pero si en el caso de ellos dos era pequeño el porcentaje de posibilidades de hallar gente, quienes se acci­dentaban en Australia Occidental en los siglos XVII Y XVIII sabían muy bien que ahí no había a quien recurrir; eran regiones desconocidas para los europeos: la misteriosa Terra Australis que había sido sospechada, no explorada. Todavía hoy parece bastante vacía, con poblaciones que tienen 70,100 o 150 kilómetros de tierra solitaria entre una y otra. Como Geraldton, donde visitamos un bonito museo que reúne, en una de sus salas, los tesoros rescatados de las cercanías, incluidas monedas de plata de la Nueva España transportadas por el buque holandés Zuytdoorp. Las naves de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales fueron las que más transitaron el área en aquella época y, por lo tanto, las que tuvieron más hundimientos.

Frente a Geraldton, 70 kilómetros al oeste se encuentran las islas Abrolhos, que en realidad son tres grupos de 122 islas e islotes coralino5, y muchos arrecifes. Y tienen el récord fatal de 54 naufragios registrados. Uno de ellos fue el Zeewijk (o Zeewyk), un barco mercante con 208 soldados y marinos a bordo, cuyo capitán, Jan Steyns, desatendió las órdenes de navegación y, en lugar de dar vuelta al norte para dirigirse a Java, en Indonesia, siguió adelante con el objeto de explorar la tierra desconocida. En la oscuri­dad del invierno austral, a las 7:30 de la tarde del9 de junio de 1727, el barco encalló en un arrecife de las Abrolhos. El golpe rompió el ti­món y el mástil principal, pero no partió la nave inmediatamente. Aunque el vigía había visto rompientes media hora antes, no avisó porque pensó que se trataba del reflejo de la Luna.

El primer bote que lanzaron fue destrozado por la mar gruesa y 10 hombres se ahogaron. Tuvieron que esperar una semana antes de que mejoraran las condiciones para abandonar la nave. Finalmente se transportaron hasta una isla plana de roca caliza, de 800 por 350 metros, a cuatro kilómetros del sitio del naufragio. Antes de que el Zeewijk desapareciera, tuvieron tiempo de llevar a tierra el tesoro. En la isla podían obtener agua dulce, vegetales, aves y focas. Un mes después, el 10 de julio, en un bote enviaron a los 11 hombres más fuertes a buscar ayuda, pero nunca se supo más de ellos. En diciembre, dos chicos fueron encontrados culpables de sodomía (homosexualismo) y condenados a muerte: los abandonaron por separado en islotes lejanos. Para ese momento, ya se habían dado cuenta de que su situación no era tan sostenible como habían pensado: se habían comido a casi todas las focas y las aves eran migratorias y se estaban yendo.

Previendo lo peor, desde octubre habían empezado a construir un pequeño barco, el Sloepie, con materiales del Zeewijk (cañones incluidos) y madera de manglar: fue el primer buque europeo construido en Australia y salió el 26 de marzo, casi 10 meses después del naufragio, con 88 hombres, de los que seis murieron en el camino. Un mes después, llegaron a Java sólo 82 de los 208 que zarparon de Holanda. El capitán Steyns fue juzgado y castigado con la pérdida de su rango, salario y propiedades.


El Desastroso Viaje

“Jan Hendrycks confiesa que Jeronimus lo lla­mó un día a su tienda y le hizo saber que en la noche debía ayudarlo a asesinar a la familia del predicador. Por la noche, Zeevonk había hecho salir a Wiebrecht Clausen, una joven, a quien Jan Hendrycks mató con una daga, y adentro, a toda la gente, la madre con sus seis niños, le partieron la cabeza con hachas .. :’ Este es un fragmento de El desastroso viaje del barco Batavia, el diario de Francesco Pelsaert. Es una historia muy distinta de las del heroísmo de Tom Pearce y de los hombres del Sloepie, y no sorprende que haya inspirado libros, documentales e incluso una ópera, tiene todos los ingredientes de un bestseller: lujuria, celos, envidia, avaricia, locura, engaño, violación y muerte. Tuvo lugar en 1629, un siglo antes del naufragio del Zeewijk.

El Batavia era el flamante buque insignia de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y había salido en su primer viaje al frente de una flota de siete naves. Pero Jeronimus Cornelisz, responsable del cargamento, y Ariaen Jacobsz, el lugarteniente, habían estado pla­neando un motín que les permitiera apoderar­se de los 250,000 florines en plata, las joyas y otros objetos valiosos. Lo primero que hicieron fue cambiar curso para separar al Batavia de los demás barcos. Después habían planeado agredir a Lucretia van der Meylen (una joven pasajera que viajaba para reunirse con su esposo en Java), con objeto de provocar que el comandante Pelsaert ejerciera un acto de disci­plina que ellos pudieran juzgar como abusivo. Así podrían reclutar otros hombres y justificar el motín. Pero Pelsaert pospuso el castigo.

No hubo tiempo para más trucos. Pasada la medianoche del 4 de junio, el Batavia encalló en un arrecife de las Abrolhos. El im­pacto tiró de la cama a Pelsaert y muy pronto, las 315 personas a bordo estaban en pánico. En la mañana empezó la evacuación en un bote hacia la cercana isla Beacon. Una evaluación inicial les mostró que no había agua y la comida era limitada. Aunque se odiaban, el comandante Pelsaert y el lugarteniente Jacobsz entendie­ron que estaban en muy mala situación y, tras largas discusiones, se marcharon en el bote con 47 hombres. Las 268 personas que quedaron en la isla sólo se enteraron por una nota. Es fácil imaginar que se sintieron traicionadas.

Era la oportunidad de Cornelisz, quien era el siguiente en rango después de los oficiales fugados, de tomar el mando. Se trataba de un asesino psicótico con gran capacidad para manipular a quienes tenían personalidades más débiles. Convenció a sus hombres de que la única oportunidad de sobrevivir era matar sistemáticamente a todos los demás, esperar el retorno de Pelsaert, capturar el arco de rescate y marcharse con el tesoro a un lugar donde fundarían un reino. Primero ordenaron a un grupo de soldados, bajo el mando de Wiebbe Hayes, que fuera a una de las islas más lejanas en busca de agua. En realidad, esperaban que ellos murieran de sed. Después, dividieron a los otros sobrevivientes en grupos y los colocaron en las islas cercanas, todas carentes de agua. Cornelisz forzó a Lucretia a convertirse en su concubina. Y empezaron a asesinar. Los amotinados se intoxicaron con la matanza, dueños de un control absoluto sobre los demás. Experimentaron diferentes maneras de hacer sufrir. Vestidos de púrpura y con joyas de oro de los cofres de la Compañía, recorrían las islas cazando a todos los que no habían muerto de hambre y sed. Así acabaron con la vida de 125 hombres, mujeres y niños.

Pero habían olvidado a Hayes y sus solda­dos, quienes inesperadamente habían encon­trado agua. Como estaba convenido, encendie­ron una hoguera para que el humo diera aviso. Hallaron, además, wallabies (una especie de canguro pequeño), pájaros y huevos. El grupo había dado con la única isla que tenía recursos para sobrevivir. Algunos refugiados del régimen de terror llegaron a tiempo para avisar a Hayes de lo que estaba ocurriendo. Aunque no tenían armas, construyeron unas cuantas con madera y hierro del naufragio, y levantaron un pequeño fuerte para defenderse. Ellos eran 45,en tanto que, de acuerdo con un papel en el que los hizo firmar un juramento de obediencia, Cornelisz disponía de 36.

Jeronimus Cornelisz ordenó un primer ata­que, el 27 de julio, el cual fue rechazado con re­sorteras y catapultas. Un segundo intento, una semana después, fracasó porque los mosquetes de sus hombres no funcionaron. El 2 de septiembre, Cornelisz y cinco compinches se acercaron a tratar de sobornar a algunos de los soldados de Hayes, pero fueron sorprendidos: cuatro murieron, uno escapó y el líder maniaco fue capturado. EI 16 de septiem­bre, los amotinados lanzaron una ofensiva en la que usaron mosquetes que sí dispararon e hirieron a cuatro hombres de Hayes, de los cuales uno moriría después, pese a lo cual debieron retirarse una vez más. Fue entonces cuando divisaron en el horizonte un barco de rescate. Pero todavía hubo otra batalla al día siguiente; era la última oportunidad que tenían los amotinados para vencer a Hayes y sorpren­der a Pelsaert. Su esfuerzo se frustró cuando un grupo de soldados logró navegar en un bote hasta el buque y explicar la situación.

El comandante arrestó a los criminales y los hizo juzgar de inmediato. A Cornelisz le hizo cortar las manos antes de colgarlo con seis de sus compinches. Abandonó a dos más en tierra firme (fueron los primeros europeos en habitar Australia, aunque no se conoce su suerte) y a los restantes los trasladó a prisión en Java, donde serían torturados y ejecutados. Y Pelsaert recuperó ocho de los diez cofres de plata.

 
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