jueves, 26 de febrero de 2009

Predecir el futuro: cómo se cuenta la historia


La humanidad siempre ha estado interesada en predecir el futuro. Es imposible saber a ciencia cierta cuándo se hicieron conscientes los seres humanos de que lo que ocurrirá en el futuro probablemente sea distinto de lo que sucede en el presente, pero lo hicieron.

A lo largo de los años, las sociedades han desarrollado diversas maneras de adivinar el futuro. Algunos grupos intentaron escrutar los hechos mediante la magia o el contacto con lo sobrenatural. Para hacerlo, podían leer los augurios en las entrañas de los animales o en las hojas de té.

En la antigua Roma, los generales utilizaban estos métodos para calcular sus probabilidades de éxito en la inminente batalla. La confianza en las estrellas como forma de predecir el futuro también fue temprana. La astrología, el estudio de la correlación entre lo sucedido en la tierra y la posición y los movimientos de los astros, fue una ciencia esencial en la China, Grecia y Roma clásicas, y en el Oriente Próximo islámico. Aunque la astrología y la astronomía siguieron caminos separados durante el siglo XVI, a finales del siglo XVII muchos europeos consultaban a los astrólogos para calcular el futuro de una boda inminente o un síntoma de enfermedad. Durante muchos años, los científicos han rechazado los principios de la astrología. Sin embargo, millones de personas creen en ella o la practican.

Bastante antes del extraordinario declive de la creencia en la magia en el siglo XVIII, sin embargo, las sociedades habían desarrollado formas de pensar en el futuro con una relación mayor con el tiempo histórico. Es decir, se dieron cuenta de que sus sociedades tenían pasado e intentaron relacionarlos con el futuro.

La mayoría de los pronósticos con los que contamos hoy en día, como los que se relacionan con la política económica o militar, utilizan la historia, debido a que quienes predicen asumen la conexión entre hechos pasados, presentes y futuros. Como veremos, los tipos de conexiones en las que se basan las predicciones, así como el éxito de esas predicciones, varían enormemente. Sin embargo, la necesidad de asegurar las predicciones se aplica a pesar de todo.

Existen tres grandes tipos de formas de predicción, o pensamiento histórico del futuro. El primer modo, y el más extendido hoy día se basa en presunciones sobre la repetición de los hechos y patrones históricos. Los analistas que emplean este primer sistema predictivo asumen que ciertos tipos de hechos pasados sucederán nuevamente, y que entendiendo la historia, se pueden explicar mejor futuras repeticiones. Este pensamiento es el que subyace tras la conocida frase: 'Quienes no conocen el pasado, están condenados a repetirlo'.

El segundo método predictivo en desarrollarse, y con mucho el más radical, implica la asunción de un fenómeno conocido como discontinuidad histórica. Según este modelo, la predicción se basa en la creencia de que irrumpirá algún tipo de fuerza que cambiará radicalmente el curso de la historia, y por tanto el propio futuro. El tercer método predictivo, no necesariamente el más nuevo, pero ciertamente el que fue desarrollado de forma más sistemática durante el siglo XIX, incluye una mirada sobre la historia reciente en busca de las tendencias que podrían continuar en el futuro. Aunque es la utilización más conservadora de la historia para predecir el futuro, es a menudo la más segura.

Sin embargo, cada uno de los intentos por utilizar la historia como base para predecir el futuro ha fallado indefectiblemente. Además, no proporcionan descripciones absolutamente seguras del futuro. Quizás sea ese el motivo de que muchas personas sigan prefiriendo a los futurólogos y las cartas astrales a las predicciones basadas en hechos históricos.


Método predictivo I: Ciclos y analogías

Probablemente la primera utilización sistemática del conocimiento histórico para la predicción del futuro asumía que la historia de la humanidad se movía por ciclos, es decir, que lo que había sucedido antes, podía suceder nuevamente después. Muchos historiadores chinos adoptaron esta visión cíclica, que acertaba a describir la historia de las dinastías imperiales: una nueva dinastía llegaría al poder, florecería y luego caería, y el ciclo comenzaría nuevamente en la siguiente dinastía. El pensador confuciano Mencio, que vivió entre el 371 y el 289 a.C., aseguraba que cada 500 años, un 'auténtico rey' surgiría en China.

Otras sociedades especulaban a propósito de los ciclos históricos, aunque algunos basaban sus cálculos más en las propiedades de los números que en un conocimiento real del pasado. Esto era cierto en la creencia maya en los ciclos cósmicos. Los mayas creían absolutamente en el control de los dioses sobre determinadas períodos de tiempo y sobre la actividad de los pueblos durante esos períodos.

La tradición intelectual desarrollada en Europa occidental durante y después del renacimiento rara vez incluía el estudio de los ciclos formales. Las predicciones cristianas, como veremos, tendían a poner el énfasis en un giro repentino y radical desde el pasado a un futuro diferente, más que en la repetición de hechos pasados. Sin embargo, muchos intelectuales creían que las pautas concretas de los hechos podrían repetirse, y creían que uno podía utilizar analogías históricas para tener una visión sobre lo que sucedería en el futuro. La analogía histórica sigue siendo una herramienta fundamental para la predicción del futuro, ya sea en la vida personal o en las esferas más amplias de la política y la guerra.

La analogía funciona así: una persona enfrentada a una situación particular quiere saber qué sucederá en el futuro, aunque él o ella reconozcan que el futuro es difícil de predecir. Así que la persona se remonta a una situación del pasado o relativamente parecida a la que está experimentando nuevamente, esperando que esto le proporcionará una idea aproximada de qué resultará de la situación actual. El pensamiento analógico puede utilizarse para hacer predicciones en incontables situaciones personales. En la mayoría de los casos, evidentemente, si hemos pasado por una situación positiva o negativa en el pasado y parece que va a suceder algo de la misma manera (presentando una analogía, en otras palabras) entonces estamos en situación de decidir; o evitar, la repetición de la acción pasada.

Los líderes políticos a menudo utilizan la analogía para apoyar su política. En multitud de conflictos tras la II Guerra Mundial, incluidos los de Corea y Vietnam, los ideólogos norteamericanos asumieron que no podían echarse atrás frente a una presunta amenaza comunista. Esta asunción se basaba en lo ocurrido después del intento fallido de Gran Bretaña y Francia en 1938 de apaciguar a Alemania. (Se entiende por apaciguamiento acceder a las demandas de los estados rivales para evitar la guerra).

Para frenar las ambiciones de Hitler y evitar un nuevo conflicto tras la devastación de la I Guerra Mundial, las agotadas Gran Bretaña y Francia acordaron en el Pacto de Munich que los Sudetes, región de Checoslovaquia, fueran cedidos a Alemania. Más que satisfacer la ambición de Hitler, el Pacto de Munich tuvo como resultado únicamente la invasión de Polonia por Hitler y la declaración de la II Guerra Mundial. La lección, o la analogía, de Munich se convirtió en un modelo de lo que podría ocurrir en un futuro a menos que los países amenazados adoptaran distintas estrategias de intervención.

Durante la década de 1970, muchos ideólogos norteamericanos, preocupados por las restricciones de petróleo de Oriente Próximo, buscaron una analogía para enfrentarse a la escasez de un recurso vital para guiar su política al respecto. Durante un tiempo, muchos encontraron apropiada la analogía de la invención del caucho sintético durante la II Guerra Mundial, que remplazó al caucho natural que sufría el bloqueo japonés.

Aquí, como en el ejemplo del Pacto de Munich, los ideólogos pensaron que podían anticipar el futuro a partir de una analogía con el pasado, en este caso, desarrollando un sucedáneo sintético para el petróleo. No obstante, el suministro de petróleo volvió a la normalidad y la analogía se dejó de lado. Más recientemente, el recuerdo del Holocausto nazi contra los judíos puede haber motivado o justificado la intervención en 1999 de la OTAN en Yugoslavia para detener la limpieza étnica.

La analogía guió poderosamente a toda la tradición historiográfica europea desarrollada durante el renacimiento, que revivía modelos de la Grecia y la Roma clásicas. Por ejemplo, los relatos sobre cómo habían resuelto los antiguos generales y políticos problemas similares se usaban para aconsejar a los príncipes sobre las incertidumbres políticas o militares. Durante esta época, Maquiavelo (1469-1527), un importante pensador político italiano, argumentó que un príncipe que se enfrentara con problemas en su estado podía dar forma al futuro si observaba las decisiones tomadas por otros príncipes romanos o italianos anteriores.

Su razonamiento era que si las situaciones eran lo suficientemente parecidas, los resultados de una determinada política podrían ser predichos con seguridad. Bien entrado el siglo XX, los mejores educadores de Europa y Estados Unidos asumen que el estudio de casos históricos, particularmente los de la antigüedad clásica, puede proporcionar una guía válida para estrategias futuras, no una predicción exacta pero sí un sentido de qué funcionará en un caso dado con certeza. Al día de hoy, el estudio de batallas sigue formando una parte importante del entrenamiento de los oficiales militares.

Tipos de pensamiento analógico menos estricto afectan a pronósticos más generales. En varias ocasiones a lo largo del siglo XX, algunos intelectuales preocupados se han preguntado si la sociedad occidental estaba a punto de llegar a su fin, a la manera del Imperio romano en el siglo V.

Atribuían la caída del Imperio romano a la presión exterior de los bárbaros; la decadencia moral de las clases altas, que pasaron de perseguir el bien público a preferir la búsqueda del placer; y a las corruptas masas urbanas, mantenidas a raya mediante subsidios públicos y diversiones. Reconociendo factores similares en la actualidad, los intelectuales se preguntaban si el resultado sería el mismo. Durante la década de 1920, Oswald Spengler señaló estos paralelismos en su libro La decadencia de Occidente (1918-1922), que consiguió una amplia acogida en Europa en estos tiempos siniestros:

El Imperio romano llegó a su fin, y así sólo dos de los tres imperios (China e India) pervivieron, y aún perviven, como despojo deseable para una sucesión de diferentes potencias. Hoy es “bárbaro pelirrojo” de Occidente quien actúa ante los ojos civilizados de Brahmán y Mandar, en el papel que una vez interpretaron los mongoles o los manchúes, ni mejor ni peor que ellos, y tan seguramente como ellos para ser sustituido a su debido tiempo por otros actores.

Para terminar, una de las ideas fundamentales en el modo que tienen los analistas y los políticos de pensar en el futuro es la recurrencia: usar el pasado como guía predictiva. Poca gente cree hoy día en que existan ciclos históricos formales, pero casi todo el mundo usa la analogía en todo tipo de pronósticos, grandes y pequeños. Saber que hacemos esto y entender como se basan nuestras analogías en las asunciones que hacemos al recurrir a modelos históricos, es un elemento decisivo a la hora de decidir si el modo predictivo es fructífero. Para muchos historiadores no lo es.


Método predictivo II: Discontinuidad histórica

El segundo uso de la historia para predecir el futuro es considerablemente distinto del pensamiento analógico. En el modo predictivo que busca discontinuidades históricas, los analistas asumen que aunque la historia del hombre ha avanzado a lo largo de un camino bien definido durante bastante tiempo alguna fuerza va a desviarla en una dirección completamente distinta. En este caso, el pasado no es una guía para el futuro sino más bien una medida de lo dramático que será el cambio. Se puede contemplar el modo predictivo de la discontinuidad histórica desde dos puntos de vistas: el religioso y el secular.


Interpretaciones religiosas de la discontinuidad dramática

Las religiones que se desarrollaron en Oriente Próximo antes y después del siglo I de nuestra era establecieron la base intelectual para pensar en el futuro en términos de discontinuidad dramática. Sin embargo, los profetas solían ser imprecisos en sus predicciones. El judaísmo fue la primera religión en adoptar este enfoque, asumiendo que en algún momento futuro aparecería un “mesías”. La fe judía combinaba un interés enfermizo por la historia con la asunción de que el modelo establecido acabaría siendo alterado drásticamente por una intervención divina.

El islam incorporó el mismo tipo de esperanza en un cambio futuro cuando asumió que llegaría un Último Día, o un día del juicio. El Corán estipulaba que este suceso abriría un período de 50.000 años en los que el género humano sería clasificado conforme a sus méritos entre los destinados al cielo o al infierno, “hasta que se terminase el juicio de los hombres”.

El cristianismo también predecía una transformación divina con la que terminaría la historia humana. En el Evangelio según san Marcos, perteneciente al Nuevo Testamento, encontramos esta profecía de Cristo: “Pero en estos días... el sol se oscurecerá, y la luna no dará su luz... Y entonces verán al Hijo del Hombre viniendo entre las nubes con gran poder y gloria” (Mc. 13,24-26). El Apocalipsis, escrito hacia el 95 d.C., preveía un reino de Cristo que duraría 1.000 años, seguido de un retorno de Satán y un terrible período de pruebas, que sería seguido de la resurrección final de quienes finalmente se salvarían (Ap. 21,4-10). El cristianismo asumía por tanto el fin de la historia como un cambio futuro apocalíptico o milenarista. Los primeros cristianos creían que Cristo volvería pronto; no obstante, esta esperanza se disiparía gradualmente, y dejaría una visión del futuro menos clara.

Durante buena parte de la edad media, entre el 400 y el 1.000 d.C., muchos intelectuales cristianos se contentaban con escribir anales de los tiempos de los que eran testigos, sin prestar mucha atención al futuro. Sin embargo, este simple método de registrar la historia comenzó a cambiar en los siglos XII y XIII. Con este cambio, una línea mucho más definida de pensamiento cristiano acerca del dramático futuro comenzó a cobrar forma.

Lo que requería el cambio, además de su apoyatura bíblica, era un sentido más estricto del tiempo, tanto en el sentido histórico como en el numerológico. El interés europeo por las matemáticas se despertó, gracias al influjo árabe y a su redescubrimiento de la tradición clásica griega.

Los cronistas empezaron a consignar el número de soldados que formaban los ejércitos, mientras que las ciudades italianas empezaban a realizar los primeros censos. Otra prueba de este resurgir está en la anotación de un astrónomo acerca de la duración de un eclipse en 1239, que registró en los siguientes términos: “el tiempo que se tarda en andar 250 pasos”. Junto con este interés por las matemáticas se intentaba una mayor precisión en el calendario. La Iglesia católica saludó la llegada del siglo XIV con un jubileo papal, la primera vez que se celebraba un evento parecido.

Por esa época surgía una subcultura apocalíptica cristiana de gran vitalidad. En esta subcultura, los adeptos asumían que la intervención divina interrumpiría el curso normal de la historia. Esta intervención marcaría un futuro marcado por las catástrofes políticas y naturales, aunque sería coronado por el definitivo reino de Dios. Varios teólogos del siglo XII ya habían empezado a especular sobre el reino del Anticristo, el enemigo de Cristo, que según el Evangelio según san Mateo precedería al Día del Juicio Final.

Joaquín de Fiore, nacido hacia el 1130, se convirtió en el primer profeta claramente apocalíptico cuando desarrolló una teoría de las edades históricas basada en la paulatina revelación de las personas de la Trinidad. Joaquín se apercibió de las implicaciones de las divisiones del calendario y las uso como herramienta para escrutar el futuro, calculando cada edad en unas cuarenta generaciones. Basándose en este razonamiento, Joaquín esperaba la llegada del Anticristo y el final de la historia entre 1256 y 1260.


Esta tradición de profecías apocalípticas floreció durante algunas centurias, y en el siglo XVI apareció el profeta más ambiguo de la edad moderna, Nostradamus. El médico francés Nostradamus comenzó a escribir libros proféticos hacia 1550. Predijo una serie de desastres inminentes que abarcaban desde el futuro inmediato hasta el año 2000. Auguró guerras, regicidios, grandes incendios y grandiosas batallas navales. Seguidores posteriores atribuyeron estas predicciones a acontecimientos tan diversos como el gran incendio de Londres de 1666, las revoluciones estadounidense y francesa (1775-1783 y 1789-1799), el ataque de Hitler a Polonia en 1939 y la II Guerra Mundial (1939-1945).

La afirmación de Nostradamus: “el gran hombre será derribado ese día por un rayo, siendo joven aun”, se ha interpretado como una predicción del asesinato de John F. Kennedy. Como Joaquín de Fiore, Nostradamus predijo la llegada del Anticristo. Sin embargo, predijo que ocurriría mucho más tarde (hacia 1999), junto con epidemias y hambrunas. La predicción para 1999 de Nostradamus, tal y como se cita en La máscara de Nostradamus (1990) de James Randi es como sigue:

El año 1999, siete meses.
Del cielo vendrá un gran Rey del Terror:
Para devolver a la vida al gran Rey de los Mongoles,
Antes y después de Marte, para reinar con fortuna.


Esta subcultura apocalíptica se hizo menos notoria a partir del siglo XVII, a medida que el pensamiento científico ensombrecía las profecías apocalípticas. Pero tras la fachada intelectual, las ideas cristianas acerca de la discontinuidad histórica de origen divino pervivieron. Una miríada de pequeñas sectas protestantes predijeron un final inminente para la historia humana. Las profecías apocalípticas rondaron el pensamiento del reformista protestante alemán Martín Lutero y la ideología de uno de los bandos de la Guerra Civil inglesa del siglo XVII.

Muchos milenaristas, gente que creía en el reino de los santos permanecería durante mil años sobre la tierra, emigraron a Estados Unidos en busca de tolerancia religiosa. La nación en ciernes se convirtió en el mayor centro de acogida del mundo para el pensamiento apocalíptico.

Fue en la década de 1790, por ejemplo, cuando la madre Ann Lee, la fundadora de los shakers, llegó a Estados Unidos procedente de Inglaterra. Allí la gente se había burlado de sus profecías sobre una inminente segunda venida de Cristo. “Sabía que Dios tenía un pueblo elegido en América”, escribió más tarde. A lo largo del siglo XVIII, muchos americanos creían en las profecías apocalípticas, como una reacción al miedo a los indios o incluso a los terremotos. Jonathan Edwards, un conocido teólogo norteamericano de la época, se entretenía con las populares combinaciones numéricas de la Biblia para demostrar que el mundo daba sus últimas boqueadas.

Las principales corrientes del protestantismo norteamericano se hicieron más conservadoras a lo largo del siglo XIX, pero las profecías religiosas siguieron siendo una parte importante de ellas. Durante la década de 1830, William Miller llegó a tener más de 50.000 seguidores en Nueva York cuando pronosticó el fin del mundo para 1843. Decepcionados por la equivocación de Miller, los miembros de la secta se reagruparon bajo el nombre de adventistas del Séptimo Día.

Más tarde, los adventistas predicaron que el fortalecimiento del gobierno, la esclavitud o lo que ellos entendían como un estado pecaminoso del mundo, eran claros signos de que había llegado la última edad bíblica. Desde 1850, John Darby profetizó un período que llamó “de tribulación”, durante el que el Anticristo reinaría por siete años. Según Darby a la tribulación precedería un “rapto”, en el que todos los creyentes se elevarían hasta el cielo para ver a Cristo.

Durante la década de 1880, James Brooks gozó de una gran popularidad haciendo una profecía similar. Brooks predicaba que el retorno de Cristo sería precedido por un período de maldad sin precedentes. La I Guerra Mundial, la Revolución Rusa y más tarde la Guerra fría han sido interpretados desde entonces como signos de una discontinuidad histórica inminente, inspirada y guiada en última instancia por Dios.

Este tipo de profecía apocalíptica persiste hoy en día. En 1997, el avistamiento del cometa Hale-Bopp fue tomado por la mayoría de los americanos como un fenómeno natural interesante. Sin embargo, los miembros de una secta de San Diego lo interpretaron como un signo del fin del mundo y de su propia salvación inminente. Para prepararse para este evento, se suicidaron. En 1998 surgió una nueva cosecha de predicciones apocalípticas de raigambre bien cristiana o bien del movimiento New Age (Nueva Era), anticipándose al año 2000. Ese año, un periódico titulado Noticias del Milenio anunciaba a sus lectores que había un consenso entre los expertos bíblicos y que el fin del mundo estaba cerca.

Mientras tanto, otros profetas televisivos avisaban que la de 1990 era “la década más importante de la historia”. Predijeron una dictadura mundial que llevaría al Anticristo, seguido del reino de milenario de Dios y de una vuelta al caos. Sus teorías se basaban tanto en el cálculo aritmético (habían pasado 6.000 años desde la creación, un milenio por cada día de ella) y en los acontecimientos actuales (inmoralidad flagrante, acoso de distintas plagas, la Unión Europea y el ascenso de China).

Mucha gente parecía compartir ese análisis, incluyendo los preocupados por el “efecto 2000”, la crisis en la que los ordenadores tendrían que ser ajustados para registrar la fatídica fecha so pena de producirse un colapso informático mundial.

Interpretaciones laicas de la discontinuidad dramática

Desde el siglo XVIII, las versiones seculares de la discontinuidad dramática han sido una forma de profecía mucho más común. Algunos elementos de su estructura básica recuerdan a las características de la versión religiosa: una fuerza fundamental transformará el proceso habitual de evolución histórica en una nueva era. Sin embargo, los secularizadores creen que el cambio vendrá a partir de una fuerza terrestre, no divina. Aunque los nuevos profetas seculares creían que ya existían signos del cambio, rara vez especulaban con fórmulas numéricas. Como los profetas religioso, creían que el cambio sería extremo y enfatizaban sus transformaciones bien horrendas, bien benefactoras.

En un ambiente de descubrimientos científicos y con la idea del progreso humano ganando terreno, Jean Anotine Condorcet, un epígono de la Ilustración francesa, escribió un ensayo titulado Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano (1795). En su obra, Condorcet pronosticaba el establecimiento de una sociedad humana prácticamente perfecta. Condorcet escribió este ensayo mientras huía de los revolucionarios franceses que querían matarlo, atestiguando un nuevo tipo de fe en un futuro dramático. Condorcet veía la historia como un progreso sin pausa, que en su tiempo había llegado a un estado tal que la mente y a través de la evolución, el cuerpo humano, estaban en condiciones de dar el salto hacia la postrera edad dorada. Su punto de vista queda plasmado en este extracto:

“Encontraremos en la experiencia del pasado, en la observación del progreso que ya han alcanzado las ciencias y la civilización, en el análisis del progreso de la mente humana y en el desarrollo de sus facultades, las razones más fuertes para creer que la naturaleza no ha establecido límites en la realización de nuestras esperanzas...

Por tanto, llegará el día en que el sol alumbrará tan sólo a hombres libres que no conocerán otro amo que su razón; cuando los tiranos y los esclavos, los sacerdotes y sus sirvientes estúpido o hipócritas no existirán más que en los libros de historia y en el teatro; y sólo pensaremos en ellos para compadecernos de sus víctimas y sus bufones; para mantenernos vigilantes pensando en sus excesos, para aprender como reconocerlos para destruir, con la fuerza de la razón, las primeras semillas de tiranía y superstición, si se atreviesen a aparecer de nuevo entre nosotros.”

Sobre esta visión general, un ejército de profetas predijo durante el siglo XIX un futuro enormemente mejorado, en el que los típicos problemas siempre presentes en la historia del hombre trascenderían. Los socialistas utópicos pensaban que la educación y el ejemplo acabarían con siglos de explotación y egoísmo y crearían un futuro de perfecta igualdad y de armonía comunal.

Karl Marx, por otra parte, entendía que las leyes de la historia conducían a una revolución proletaria final. Esta revolución terminaría dramáticamente con la lucha de clases y la injusticia, que habían dominado la historia humana desde su comienzo. También anunciaría un estado sin clases, una utopía antiestatal en la que las continuas catástrofes y cambios terminarían.

En 1888 el novelista norteamericano Edward Bellamy escribió el bestseller Mirando atrás, que situó en el año 2000. En la novela, Estados Unidos se convierten en una utopía socialista en el que la igualdad y el trato humano reemplazan a los males del capitalismo. También en este escenario se ha transformado la historia.

Mientras que algunos profetas seculares, como Condorcet y particularmente Marx, tenían una explicación acerca de por qué tenía que terminar la historia, en muchos otros pronósticos seculares, los mecanismos que transformarían el futuro eran un poco vagos. La mano de Dios de las profecías religiosas no había sido reemplazada convincentemente en la versión laica. Pero durante la década de 1860 una línea de predicciones que identificaban una poderosa fuerza causal comenzó a tomar forma, y esa fuerza era la tecnología.

Fue entonces cuando el novelista francés Jules Verne inventó el género de la ciencia-ficción, con títulos como De la Tierra a la Luna (1865) y Viaje al centro de la Tierra (1864). Los escritos de Verne anticiparon los aviones, los submarinos, los satélites espaciales y misiles y la televisión. A medida que preveía estos avances tecnológicos, Verne describió una humanidad transformada con capacidades y preocupaciones distintas a las que habían determinado hasta entonces la historia humana. Desde entonces los escritores de ciencia-ficción han ampliado este panorama, algunos de modo optimista como Verne, otros con aprensión.

A medida que la tecnología reemplazaba a la intervención divina como catalizador de cambios drásticos, surgieron dos asunciones: la primera que un cambio tecnológico fundamental sería inminente, y la segunda, que dominaría el futuro humano. En otras palabras, la tecnología modela la historia humana y anuncia una era completamente nueva. Esta visión se describe en De la Tierra a la Luna de Jules Verne:

“Entonces observaron la Tierra desde la ventana inferior, y no parecía más que un punto oscuro, bañada en rayos solares. ¡No más luz creciente ni vaporosa! Al día siguiente, a medianoche, habría Tierra nueva, en el mismo momento que hubiera luna llena. Arriba, el borde de la noche se acercaba a la línea seguida por el proyectil, para encontrarse a la hora prevista.

Todo alrededor de la negra carcasa estaba plagado de puntos brillantes, que parecían moverse lentamente; pero dada la gran distancia a la que estaban, su tamaño relativo no parecía cambiar. El sol y las estrellas parecían exactamente iguales que en la Tierra. En lo que respecta a la luna, era considerablemente mayor, pero los prismáticos de los viajeros, al no ser demasiado potentes, no les permitían hacer ninguna observación o comentario alguno sobre su superficie...

Además, la excitación de los tres viajeros aumentó a medida que se acercaba el fin de su viaje. Esperaban incidentes imprevistos, y fenómenos nuevos, y nada les habría asombrado en el estado mental en que se hallaban. Su imaginación sobreexcitada iba más rápida que el proyectil, cuya velocidad disminuía ostensiblemente. Pero la luna se hacía más grande a ojos vista y se imaginaban que podrían cogerla con sólo alargar la mano.”

Aun cuando este tono optimista persistió durante el siglo XX y alcanzó realmente nuevas cotas en las décadas de 1970 y 1980, otras predicciones de distinto signo reflejaron un siglo que parecía invitar al pesimismo. El auge de los modernos ejércitos y los gobiernos autoritarios crearon un nuevo y ensombrecedor clima de predicción dramática, primero durante la I Guerra Mundial y después con la instauración de dictaduras sin precedentes como la Rusia estalinista y la Alemania hitleriana. Este clima se basaba en las sospechas de que la política había adquirido un papel abrumador en la sociedad, apoyándose en una tecnología que hacía posible en control mental, y en una despreocupación hedonista y embrutecedora.

Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932) y George Orwell en 1984 (1949) describieron sociedades dominadas por burocracias autoritarias y sin rostro y pobladas por personas constantemente vigiladas y manipuladas, reducidas en esencia al status de robots. En ambas novelas, los esfuerzos para recobrar la espontaneidad y la alegría eran reprimidos despiadadamente. En las dos, la tecnología es el catalizador del dramático cambio futuro. O´Brien, el protagonista de 1984 dice:

“Las antiguas civilizaciones proclamaban que estaban basadas en el amor o en la justicia. La nuestra se basa en el odio. En nuestro mundo no hay emociones aparte del miedo, la rabia, la soberbia y el autodesprecio. Todo lo demás lo destruimos, todo... No habrá lealtad, salvo la lealtad al partido.

No habrá amor, salvo el amor al gran hermano. No habrá alegría, salvo la alegría de triunfar sobre un enemigo abatido. No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. No habrá distinción entre la belleza y la fealdad. No habrá curiosidad, ni goce en el proceso de la vida. Todos los placeres serán destruidos... Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota pisoteando un rostro humano, para siempre.”

Otro posible catalizador del cambio drástico compitió con la tecnología durante los años sesenta y durante un breve período ganó una amplia atención: la bomba poblacional. En este escenario, la causa de la alteración dramática del futuro no era Dios, ni la tecnología, ni la revolución, sino más bien la natalidad incontrolada. Los demógrafos, en especial los de Estados Unidos, pintaban un futuro en el que el crecimiento de la población mundial, si no era controlada, podría llevar a un desastre sin precedentes.

La gente de los países superpoblados invadiría los países menos poblados y más ricos. Estallarían espantosas guerras por los escasos recursos. Las reservas de alimentos no responderían a la demanda y el deterioro medioambiental agravaría el problema. A medida que la Tierra se quedase sin recursos, tendría lugar un cambio histórico sin precedentes. Aunque el bulo de la bomba poblacional no duró demasiado, llevó a muchos americanos a controlar su fertilidad, acabando así con el “baby boom” de la posguerra mundial. Y su influencia continúa: alguno de los argumentos más dramáticos de los utilizados por los ecologistas en los ochenta y noventa comparten rasgos de la profecía de la bomba poblacional.

La versión más moderna de la profecía del cambio drástico tiene como protagonista de nuevo a la tecnología. Este revival se debe a los recientes avances en la cibernética, la informática y la ingeniería genética. Durante los setenta y ochenta, un ejército de profetas académicos y populares han predicho que la expansión de las nuevas tecnologías anunciaría el advenimiento de la sociedad postindustrial en la que se alterarían rasgos fundamentales de la vida y la organización humanas. Aunque algunos profetas avisaban de los problemas que esto traería consigo, la mayoría de estos pronósticos eran decididamente optimistas: el futuro sería completamente distinto al pasado histórico, y el poder transformador de la tecnología lo mejoraría inconmensurablemente.

Se trabajaría menos tiempo, y las personas encontrarían nuevas satisfacciones personales en actividades de ocio, como quizá los videojuegos. Como la gente trabajaría de nuevo en sus casas, la función de las ciudades cambiaría. Las ciudades dejarían de ser centros de producción y sobrevivirían sólo como lugares de ocio. La estructura social se transformaría también; la clave del poder estaría en el control de la información más que en la propiedad de la tierra o el capital.

Las nuevas tecnologías permitirían a los individuos cambiar las anteriores formas de organización: la gente trabajaría según sus propios intereses personales, y los productos se personalizarían de acuerdo con los gustos personales. Unos pocos críticos de este esquema se preguntan si no se aplicará más bien a los países más ricos en lugar de a todo el mundo. Pero algunos profetas aseveran que la extensión de la tecnología empujará incluso a las sociedades más pobres al postindustrialismo.

La siguiente interpretación del mundo de la revolución postindustrial se encuentra en La tercera ola (1974), de Alvin Toffler:

“Esta nueva civilización es tan revolucionaria que desafía a todas nuestras antiguas creencias. Los antiguos modos de pensar, las antiguas, fórmulas, dogmas e ideologías ya no se ajustan a los hechos, por amados o útiles que fueran en el pasado. El mundo que surge rápidamente del choque de los nuevos valores y tecnologías, las nuevas relaciones geopolíticas, los nuevos estilos de vida y formas de comunicación, exigen ideas y analogías, clasificaciones y conceptos totalmente nuevos. No podemos encajar el mundo en embrión del mañana en los convencionales moldes de ayer. Ni son apropiadas las actitudes y maneras ortodoxas.

La tercera ola de cambios históricos representa no una extensión en línea recta de la sociedad industrial sino un cambio radical de dirección, a menudo una negación de lo que hubo antes. Es nada menos que una transformación tan revolucionaria para nuestros días como lo fue la civilización industrial hace tres siglos. Es más, lo que está aconteciendo no es sólo una revolución tecnológica sino el advenimiento de una nueva civilización en todo el sentido del término.”

Es interesante que esta nueva fe en la tecnología durante la década de 1990 no haya traído aparejada una nueva visión negativa del futuro. Salvo los milenaristas religiosos, el fin de siglo no ha producido una nueva eclosión de teorías de cambio dramático.

Método predictivo III: Extrapolación de tendencias

Los dos modos predictivos descritos hasta ahora utilizan la historia bien como fuente de analogías o como escenario para futuros dramáticamente alterados. Se puede usar la historia de modo absolutamente distinto. Como su nombre indica, la extrapolación de tendencias utiliza la historia para identificar tendencias. Aunque la extrapolación de tendencias se ha utilizado siempre hasta cierto punto, ha ganado popularidad en las últimas décadas.

Hay dos razones para ello. La primera es la explosión del conocimiento científico (que también ha afectado a la ciencia histórica). La segunda es la demanda creciente de los gobiernos y los poderes financieros (especialmente los mercados de valores) de disponer de los mejores pronósticos posibles de lo que deparará el futuro. De hecho, algunas agencias como la Seguridad Social americana, exigen previsiones a cincuenta años vista para establecer sus políticas de financiación. Estas previsiones se basan en la extrapolación de tendencias importantes actuales.

El pronóstico de tendencias tiene dos partes. En primer lugar, los analistas deben identificar las tendencias actuales más importantes en una sociedad. En segundo lugar, y lo que es más importante, deben de determinar las causas de esas tendencias y las razones de su pervivencia. Después de todo, no todas las tendencias sobreviven, lo que hace vital el que los analistas determinen sus causas.

Las previsiones más seguras a corto plazo, y algunas de las que nos resultan más familiares están basadas, de hecho, en la extrapolación o proyección. Un ejemplo de este tipo de este tipo de pronóstico es la predicción de que el promedio de edad de las poblaciones de Estados Unidos y Japón crecerá en las próximas décadas. Esta asunción se basa en el conocimiento de una ya baja tasa de natalidad y una creciente esperanza de vida. Asume que la media de edad en ambos países, ya inusualmente alta atendiendo a estándares históricos, será incluso mayor en el año 2020.

Así mientras que en Estados Unidos hay actualmente tres trabajadores por cada jubilado, en el 2020 sólo habrá dos. Puede ocurrir algún tipo de estabilización de ahí en adelante, pero las tendencias actuales sugieren que el envejecimiento de la población crecerá más lentamente debido al estancamiento de la tasa de natalidad y a medida que la esperanza de vida crezca.

Este pronóstico entiende, por supuesto, que las tendencias actuales no se verán comprometidas por una repentina alza en la tasa de natalidad, una mortalidad más alta entre los adultos de mediana edad, o por nuevos patrones de inmigración que alteren la estructura demográfica actual.

El mismo tipo de análisis de tendencias podría extender un poco más hacia el futuro esta previsión. Entonces sostendríamos que para mediados del siglo XXI, la mayoría de las sociedades se encontrarían con un envejecimiento de su población como el de Occidente en los años veinte y al final del “baby boom” y como el experimentado recientemente por Japón.

Las tendencias actuales que apoyan esta predicción son la rápida caída de la tasa de hijos por mujer (a pesar del aumento de población producido por las anteriores altas natalidades), la estabilización final de la población y el aumento de la esperanza de vida). Así que, mediante la extrapolación de tendencias podemos afirmar que el siglo XXI será una centuria geriátrica. De hecho, buena parte de las políticas públicas del siglo serán determinadas por el creciente sector anciano, a medida que la gente mayor se adapte a su nuevo papel y la sociedad haga frente a este contingente sin precedentes de ancianos.

La interpretación de tendencias puede influir sobremanera, sobre todo si se combina con ejemplos o analogías del pasado. A mediados de los noventa, los inversores opinaban que en los próximos 50 o 100 años, las áreas de mayor crecimiento económico del mundo serían Extremo Oriente, Europa del Este y Latinoamérica, seguidas seguramente de Suráfrica y quizá Rusia.

Esta prospectiva se basaba en las tendencias recientes, como el rápido crecimiento en la ribera del Pacífico y en América Latina. Los productos nacionales brutos de varios importantes países latinoamericanos crecerían del 7 al 8% por ciento al año en el futuro próximo y China ya lo hacía a un ritmo del 10%. Al hacer este pronóstico, los inversores combinaban estas tendencias con la certeza más basada en la historia de que las zonas industriales recientes crecen a mayor velocidad que las zonas industriales maduras o las no industrializadas. Las bases históricas de esta certeza están en el Japón de 1920 a 1960 y en los Estados Unidos de 1870 a 1930.

Sin embargo estas tendencias no consideran todas las posibilidades. Asumen que no entrarán en juego nuevos factores como una gran guerra. Además, no consideran cambios que puedan provenir del crecimiento potencial de África, Asia meridional o cualquier otra zona, cambios que podrían parecerse a los experimentados por América Latina tras los años treinta. Finalmente, estas predicciones no anticiparon los reciente problemas financieras de la ribera del Pacífico.

A pesar de todo, cualquiera que sea la precisión de las previsiones de los inversores, demuestran cuánta información puede entresacarse de la extrapolación de tendencias cuando se combina con una buena fundamentación en el trasfondo histórico. Las proyecciones parecen plausibles, al menos para las próximas décadas; sin embargo, la tentación de extenderlas más allá en el futuro hasta cubrir todo un siglo, revela más bien sus limitaciones. Incluso así, la consideración de tendencias nos lleva a objetivos cada vez más ambiciosos porque están basados en datos claros y fiables.

La proyección de tendencias se utiliza rutinariamente en las previsiones de empleo. Los empleos que requieren trabajadores en esta década se presentan como una fuente de oportunidades en la próxima. Basándose en este tipo de análisis de tendencias, los analistas predicen que las salas comerciales de cine perderán puestos de trabajo, mientras que se ganarán en empleos como actores y como personal de parques de atracciones. Se demandará personal médico de todas las categorías. El sector que más crecerá será el de programadores de software, así como el de guardas de seguridad. Así siguen las predicciones, diciéndonos que lo que sucede ahora sucederá mañana en mayor medida.

Y mientras que el análisis de tendencias proporciona pronósticos que son bastante útiles, como en el caso de las previsiones de empleo, también pueden dar pronósticos que los políticos prefieren ignorar. Por ejemplo, parece evidente que en los próximos 20 años cada vez más países tendrán armas nucleares. La tendencia ya se ha desvelado con las pruebas nucleares en Pakistán en 1998. Las causas de esta tendencia están claras: la capacidad tecnológica y científica continua creciendo, cada vez más potencias regionales quieren demostrar su fuerza, y la influencia de las superpotencias declina (y además sabotean la limitación de armas nucleares rehusando deshacerse de sus arsenales).

Para el año 2020 muchos países serán potencias nucleares. Con este panorama, se pensaría que los políticos actuales deberían preferir prepararse para el futuro, más que ignorarlo. La gran pregunta que se deduce de esta situación, por supuesto, no depende de las tendencias sino de las analogías históricas: en el pasado, cuando un país ha adquirido armas, ha terminado por utilizarlas. ¿Se repetirá este patrón o podremos alterarlo?

Aunque el análisis de tendencias puede ser utilizado con éxito en áreas específicas como en el ejemplo del envejecimiento o en el del armamento nuclear, también puede usarse para hacer generalizaciones absurdas. Muchos expertos creen que las sociedades se están modernizando en direcciones predecibles, así que, a menos que suceda una catástrofe imprevisible, se harán cada vez más parecidas. En el curso de esta modernización, se extenderá la producción industrial, las familias consistirán cada vez más en padres e hijos solamente, con bajas tasas de natalidad, la educación se extenderá y llevará a una mayor familiaridad con la ciencia, se reducirán las desigualdades por razones de sexo y el consumismo crecerá. Los expertos afirman que estas tendencias se dan ya en la mayoría de las sociedades y predicen que continuarán extendiéndose.

Otros citan la reciente expansión de la democracia en la mayoría de los continentes, de Paraguay a Sudamérica y de Taiwan a Polonia, para apoyar el argumento de que los sistemas políticos democráticos son una ola para el futuro. Como vemos, aunque el análisis de tendencias no suele usarse para realizar predicciones absolutas como los de la fórmula de discontinuidad histórica, sus implicaciones pueden variar enormemente.

Por qué no podemos conocer el futuro

Con tres modelos de predicción a nuestro alcance, todos ellos plausibles y usados con profusión, ¿por qué se nos sigue escapando el futuro? ¿Por qué se equivocan tantas predicciones? Muchas parecían plausibles cuando se hicieron (incluso la de la década de 1940, cuando se pensaba que en la de 1970 todo el mundo utilizaría helicópteros en lugar de coches, o las de esta última, cuando se pensaba que las comunas sustituirían a las familias y la juventud se convertiría en una fuerza revolucionaria). ¿Por qué seguimos equivocándonos?

En primer lugar, los tres modelos predictivos chocan entre sí. Un pronóstico basado en la asunción de que las actuales tendencias se intensificarán en el futuro, es por naturaleza distinto de uno basado en la teoría de la discontinuidad dramática. Además, ambos métodos suelen subestimar la importancia de los ciclos históricos. Para entender las diferencias inherentes entre los métodos de predicción basados en la discontinuidad dramática y en el pronóstico de tendencias, y cómo ningún método puede predecir el futuro con acierto por sí solo, consideremos dos posibles predicciones sobre el año 2020.

¿Será esta una época dramáticamente transformada por la computerización y la robótica? ¿O dominará el proceso de envejecimiento, a medida que los jubilados compongan un mayor porcentaje de la población? Puede que se den las dos cosas, pero pocos expertos son capaces de imaginar un panorama de esta complejidad. Los partidarios de la tecnología tienden a olvidar los efectos del envejecimiento de la población, y los seguidores de las tendencias pueden subestimar la capacidad de la tecnología para crear una discontinuidad dramática. Así que no tenemos modelos de suficiente complejidad como para adivinar qué pasará.

Además cada modo predictivo tiene su propio punto débil, basado en su utilización de la historia. Por ejemplo, las analogías basadas en la idea de recurrencia asumen que los sucesos históricos serán lo suficientemente semejantes en el tiempo como para que acciones parecidas tengan efectos parecidos.

Pero muchos historiadores piensan que este es un caso bastante raro, lo que revela las limitaciones inherentes de la analogía. Cuando el rector de una universidad hace una analogía como “los ordenadores harán por la educación lo que la máquina de vapor hizo por la industria”, ¿están las dos situaciones lo suficientemente relacionadas como para tener algún significado, aparte de la obvia alusión al cambio dramático? En un caso extremo, empecinarse en la analogía puede llevar al desastre, como le sucedió a Francia durante la década de 1930, al asumir erróneamente que la II Guerra Mundial sería como la Primera, y construir una elaborada línea de fortificaciones en su frontera septentrional para evitar una invasión alemana. La desventaja francesa resultó cuando los alemanes sencillamente contornearon la línea.

El uso de la teoría de la discontinuidad dramática para predecir el futuro depende obviamente de la fe (en Dios, en la tecnología o en una causa política arrebatadora). Por ello, las predicciones basadas en ella no pueden ser desmentidas por el paso del tiempo. Muchos de estos pronósticos no se han hecho realidad aún. El año 1984, por ejemplo, pasó sin parecerse demasiado a lo que Orwell predecía en su novela. Una debilidad clave del método de discontinuidad dramática es la asunción de que un solo factor modificará el futuro.

La historia demuestra que la mayoría de los cambios sociales están sujetos a varios factores, que suponen además una continuidad. Como vemos, la confianza en un único suceso dramático como determinante del cambio futuro es irreal porque en enfoque es demasiado simplista, dada la complejidad de la sociedad.

El análisis de tendencias, que por otra parte es el modo de predicción más conservador, es vulnerable a las variables inesperadas. Por ejemplo, una serie de sucesos pueden acabar con la tendencia al envejecimiento de la población. El encarecimiento de las pólizas de seguros puede acabar denegando los cuidados médicos a los ancianos y disparar su tasa de mortalidad.

Una nueva política de inmigración puede traer a gente joven de otros países y alterar el promedio de edad de la población. O la tasa de natalidad puede aumentar de repente, como sucedió inesperadamente con el “baby boom” de los cuarenta. La teoría de que las sociedades se asimilarán mediante la modernización es atrayente, pero no considera variables religiosas, como el ascenso del fundamentalismo islámico e hindú en América.

Para acabar, a pesar de nuestros esfuerzos por hacer predicciones usando la analogía histórica, estudiando los ciclos o tendencias históricas o identificando los catalizadores de un cambio dramático, no podemos saber lo que nos reserva el futuro. Podemos, no obstante, disfrutar especulando con él, y estudiar qué predicciones son las más plausibles. La historia sigue siendo la clave de esta labor. Escogeremos las predicciones atendiendo al uso que hagan de la historia. A pesar de reconocer que no podemos saber con seguridad que nos deparará el futuro, con toda probabilidad podemos predecir que los pronósticos acerca de él seguirán
basándose en el pasado.

 
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