miércoles, 10 de marzo de 2010

La Masacre de los Albigenses

Por historia moderna entendemos el registro de acontecimientos del pasado basado en el más amplio conocimiento que alcanzó a tener el mundo y, sobre todo, en el uso crítico de los documentos originales. Es una ciencia, y es tan drásticamente opuesta a la religión como lo es la ciencia de la evolución.

Elimina enteramente lo sobrenatural de las crónicas de la evolución del hombre; muestra que en los sucesos en los cuales debiéramos esperar confiadamente la intervención de Dios, si es que hubiera un Dios --en los acontecimientos humanos-- no se halla el más mínimo vestigio de otra cosa que las virtudes y las miserias propias del hombre: y esto completamente demuele la versión de la épica humana que el cristianismo ha impuesto en el mundo.


Sin embargo, la historia moderna no ha despertado en los teólogos el rencor y la hostilidad que les produjo la ciencia moderna. La razón es simple, y no es enteramente meritorio de los historiadores. Aquellos acontecimientos humanos que el historiador estudia son en su mayor parte religiosos. El científico puede ignorar el estudio religioso cuando describe sus nebulosas y sus dinosaurios, sus orquídeas y sus diatomeas. Pero las religiones e iglesias y todos los fenómenos que se produjeron en sus cinco o seis mil años de vida son una parte, y una parte muy importante, del material de la historia. Y sólo ha sido evitado un conflicto mortal mediante el ardid de distinguir entre historia sagrada e historia profana.


Los historiadores ahora, por supuesto no observan esta distinción tan rigurosamente como eran obligados a hacerlo en los días de Bossuet. Voltaire y Gibbon no han vivido en vano. Tenemos, de hecho, una rama especial que combina a la ciencia con la historia --historología, o la ciencia de la comparación de las religiones-- que parece ignorar la distinción; y los maestros de historia antigua nos hablan acerca de la religión de los egipcios y los babilonios con la libertad con la que discuten la vestimenta y las costumbres de las antiguas civilizaciones.


¡Pero observad cuán cautelosos, cuán diplomáticos, son cuando han de aseverar algo que contradice al Antiguo Testamento o la versión cristiana actual de la historia! En cuanto a Cristo y los sucesos cardinales de la historia europea que dependen vitalmente de la religión, ¿cuántos historiadores se atreven más no sea a tratarlos? Son “historia sagrada.” A lo sumo existe un reconocimiento formal de la convención de que Cristo fue “el moralista más sublime” que haya aparecido; que el fluir de la historia cambió de alguna manera su rumbo luego de la “aceptación” (nunca se lee acerca del acatamiento obligatorio) del cristianismo; y que todo lo siniestro que sucedió durante los años de fe debe ser generosamente interpretado como lo más natural en la conducta de un pueblo bastante diferente de nosotros.


Estas páginas están protestando contra las tímidas convenciones de la historia cada vez que la religión está involucrada. Muestran que la creencia general de que las civilizaciones eran viciosas y estúpidas y crueles antes de Cristo, está basada en una mentira. Prueban que la imposición del cristianismo fue seguida de un coagulado y sórdido cúmulo de brusquedad y brutalidad nunca vistas antes en la historia civilizada. No es menos mítico suponer que Europa se aferró al cristianismo hasta la modernidad; aun estos desenfrenados ancestros nuestros, cuando pudieron consolidarse en civilizaciones más o menos ordenadas, se rebelaron contra las doctrinas de la Iglesia y la autoridad usurpada de su clero corrupto y fueron reprimidos hasta su sometimiento.


El año 1000 dio un verdadero vuelco a la historia de Europa. Mi amigo, el Profesor Robinson, historiador muy capaz de la Universidad de Columbia, no está de acuerdo conmigo en que hubiera una expectativa generalizada de que llegaría el fin del mundo en el año 1000, sin embargo yo hice en una oportunidad una investigación en las crónicas de aquél momento y encontré vasta evidencia de dicha expectativa. En todo caso, la Edad de Hierro, el siglo X, el punto bajo de la civilización estaba llegando a su fin. Es cierto que Roma y el Papado continuaron con su escuálida degradación durante otros cincuenta años; pero Roma nunca más, después de haber dejado de ser pagana, volvió a ser considerada como el centro de luz en Europa por nadie que supiera de historia. No olvido su distinción artística durante el Renacimiento ya que entonces fue nuevamente pagana durante la temporada.


La Ilustración llegó a Europa a lo largo de dos senderos que estaban muy alejados de Roma. Uno fue el camino recorrido desde el este siguiendo el valle del Danubio. El otro fue una ruta extrañamente tortuosa, que, comenzando en el este, cruzó completamente el norte de África y el Estrecho de Gibraltar, ingresando en la Europa cristiana por los Pirineos y el sur de Francia.


Es suficiente decir aquí que durante los años más oscuros de la cristiandad, el siglo X, existía en España una civilización mahometana brillante y tolerante, y que los rayos de su maravillosa cultura estaban atravesando los Pirineos para iluminar a los bárbaros de Europa. El mayor erudito del siglo X, el Papa Silvestre II (Gerbert), pertenecía al sur de Francia y aprendió su ciencia en España; y fue Papa cuatro años y murió bajo el olor del sulfuro. Fue naturalmente en el sur de Francia que los moros tuvieron mayor influencia. Incluso hasta la ocuparon por un tiempo.


Mientras tanto, la segunda corriente estaba cruzando Europa y alcanzando el sur de Francia y el norte de Italia. La herejía --rebelión contra la religión cristiana-- había echado profundas y fuertes raíces en el distrito armenio del Imperio Griego en tanto que el mundo latino estaba demasiado brutalizado como para pensar. Esta herejía era el Paulianismo, una mezcla de gnóstico ideas maniqueas y cristianas primitivas. A pesar de que una emperatriz del siglo IX convertida en sacerdotisa, como todos los historiadores admiten, había masacrado a no menos de cien mil de estos rebeldes, un emperador del siglo X encontró que era necesario transplantar a doscientos mil de ellos a la desolada frontera de su imperio, en la frontera con Bulgaria.


La herejía pronto reapareció en Bulgaria en la secta de los Bogomiles (“Amigos de Dios”), que habrían ganado la nación entera y se habrían extendido hacia toda Europa si la Iglesia no hubiese hecho uso de su arma espiritual de costumbre: la persecución sangrienta. Como fue, los Bogomiles, la secta más seria y asceta, envió misioneros hacia toda Europa, y desde los primeros años del siglo XI en adelante observamos que en varias partes de Europa van surgiendo diversos matices de esta religión semi-maniquea (la verdadera base de la brujería --en cuanto al andamiaje, por supuesto).


Sería de utilidad señalar la fascinación por las ideas maniqueas, que reaparecieron en la mayoría de las herejías europeas. La idea fundamental era, como dije, que había dos grandes poderes creativos: uno que creó todo lo que es bueno y otro que fue responsable del mal. Se dice usualmente que los persas creían en dos principios supremos, pero que el principio del mal (el creador de la materia, la oscuridad, la carne, el pecado, etc.) no era exactamente igual a, aunque en el presente en conflicto mortal con, Ahura Mazda, el verdadero Dios; porque al final Ahura Mazda destruiría el mundo material y juzgaría a todos los hombres. Sin embargo era una explicación atractiva del origen y poder del mal, y no responsabilizaba a Dios, el espíritu santo, por la materia y la carne. Era más razonable que el cristianismo. Rechazaba el Antiguo Testamento y toda su crudeza moral, consideró a Cristo como a un espíritu maravilloso (pero no a Dios), despreció el sistema de sacramentos creado por los sacerdotes y toda la jerarquía, y aborreció la consagrada inmortalidad de la mayoría de los sacerdotes, los monjes, y monjas de la cristiandad.


Fue, en todos sus matices, una religión antagónica al cristianismo, y puedo decir con seguridad que de alguna manera habría relevado al cristianismo si no hubiera sido aniquilada tan brutal y salvajemente. ¿No habéis siquiera oído acerca de esto? Pues bien, esto demuestra el valor que tiene estas cosas para la historia escrita como se la escribe usualmente. Pocos de los nuevos escritores os hablarán con conocimiento de la herejía de los Priscilian (también semi-maniquea) en España, y de la herejía aria (o unitaria) que fue ampliamente adoptada por los bárbaros. Pero los priscilianos habían desaparecido --fueron asesinados, por supuesto-- hacia el siglo XVII, y una astuta negociación política había llevado a la princesa de los teutones a adoptar la Trinidad (y con ella a extensas porciones de Europa) y con ella, sus pueblos fueron obligados a hacer lo mismo.


La historia comienza en el siglo XI. La cristiandad en general, o sus Papas y obispos, estaban en calma, por lo general, demasiado interesados en el vino y las mujeres como para ocuparse de las fórmulas, y demasiado ignorantes como para entenderlas. Pero obtenemos de las crónicas pedazos significantes. En 1012 varios “maniqueanos” son perseguidos en Alemania. En 1017 trece cánones y sacerdotes de la diócesis de Orléans son condenados por maniqueismo y quemados vivos. En 1022 se producen casos como estos en Liege. En 1030 reaparecieron (y desaparecieron) en Italia y Alemania; en 1043 cerca de Chálons en Francia; en 1052 nuevamente en Alemania. A principios del siglo XII algunos “Pobres Hombres de Cristo” son quemados en Alemania.


En suma, hacia mediados del siglo XII Europa rebosaba de herejía. El nombre general que se le daba a la secta herética más importante, la de los Cátaros, cuyo nombre proviene dees un vocablo griego que significa “los Puros”; e indica las características prácticas en las que todas concuerdan. Consideraban a la Iglesia como a una institución humana corrupta, en general menospreciaban sus sacramentos, rituales, y jerarquía, despreciaban a sus monjes y monjas disolutas, e intentaban retomar las enseñanzas puras de Cristo: pobreza voluntaria, castidad estricta, amor fraternal, y vida asceta.


Estos eran los Beguines y los Beghards quienes, fundados por un sacerdote belga en el siglo XIII, desplegaron una red de comunidades ascetas, más parecidos a los antiguos esenios y terapeutas que a los monjes cristianos de toda Europa. Fueron severamente perseguidos, aunque su única herejía fue haber hecho lo que Cristo les ordenó a los hombres hacer. Los valdenses, seguidores de Peter Waldo, fueron esencialmente lo mismo, en los mismos siglos XIII y XIV. Se hicieron llamar los “Pobres de Espíritu,” y obedecieron literalmente cada mandato de Cristo: y así fueron tildaron de heréticos y los quemaron en grupos, sesenta por vez, siendo condenados a las llamas en Alemania en 1211, y algunos siendo quemados en España aún antes. Los famosos flagelantes de los siglos XIII y XIV recibieron no arbitrariamente el mismo título. Los psicólogos modernos desperdician su ingenuidad en ellos. El mundo y la Iglesia estaban tan corrompidos que esperaban un súbito final del mundo y estaban en penitencia por los pecados suyos y por los de otros. El Fraticelli, un desprendimiento de la Orden franciscana, al cual la corrupción del clero lo empujó a la herejía, perteneció al mismo periodo, y fue ferozmente perseguido.


De mayor importancia fueron los Lollards, los seguidores de J. Wyclif en Inglaterra, y los Husitas de Bohemia. La herejía de Wyclif --fue en un principio apoyado por su Universidad y los nobles-- hizo realmente un retorno al cristianismo primitivo; se arraigó tan profundamente en Inglaterra que a mediados del siglo XIV un décimo de la nación, estiman algunos historiadores, eran Lollards. Debieron pagar la pena habitual por ser leales a Cristo.


Mientras tanto, como el rey de Bohemia contraía matrimonio con una princesa inglesa, sus ideas pasaban a este país, en ese entonces uno de los más ilustrados en Europa, y, en manos la prédica de John Hus, una extensa porción de la nación las abrasó y desarrollo. Los husitas despreciaron a los sacerdotes, monjes y, monjas corruptos, atacaron el celibato del clero, la confesión, la eucarística, y el ritual --en suma, estaban más cerca de Cristo que cualquiera de los que he mencionado hasta ahora, y por lo tanto eran los más excesivamente heréticos. Eliminarlos llevó doscientos años de guerra y persecución salvaje. En un tiempo la mayoría de los nobles de Bohemia eran husitas.


Pero el nombre Cátaros, o Puritanos, era particularmente aplicado haciendo referencia a varias sectas que unificaban el entusiasmo por la moral cristiana primitiva con un tinte de filosofía maniquea. Eran conocidos por el nombre de Patarenes en Italia, Publicanos en Francia y Bélgica, y por otros nombres en otros países. Su número era prodigioso en el siglo que es precisamente elegido como “el gran siglo Católico,” el siglo XIII. El propio Dante nos cuenta en qué medida prevalecía la herejía, incluso el escepticismo radical, en Italia en sus días. Europa de manera justa habría de abandonar al cristianismo romano, y probablemente lo habría hecho mucho tiempo antes sin no hubiese sido por esa espantosa arma de defensa ahora diseñada por la Iglesia, la Inquisición.


Apenas necesitamos una mirada a la historia de los albigenenses para darnos cuenta de esto. Albi, de donde toman su nombre, era un pueblo importante de una de estas encantadoras provincias sureñas de Francia, las cuales eran al país lo que las sureñas California y Florida son a los Estados Unidos. En estas provincias del sur el ejemplo brillante de los Moros españoles era muy conocido, y durante el siglo XI la herejía de los bogomiles les fue importada por los misioneros de Bulgaria o Bosnia.


En el distrito albigense, la población en su gran mayoría se convirtió a la nueva religión. San Bernardo de Clairvaux, el predicador más famoso en aquél momento, hizo una campaña allí en 1147. Encontró las iglesias desiertas y fue incapaz de provocar ninguna impresión. La herejía se extendió por Francia, Bélgica, Alemania occidental, España, y el norte de Italia, y el Papado se hallaba completamente alarmado. Basta con leer los informes enviados a Roma, como los dados en las “Crónicas” del Cardenal Baronius. Pero la secuela mostrará que los cátaros llegaban a sumar por lo menos cientos en Francia solamente.


Papa tras Papa furiosamente urgía a los poderes seculares a perseguirlos. Alejandro III, en el Consulado Laterano de 1179, exigió el uso de la fuerza contra ellos. A los príncipes les dio el derecho a encarcelar a los ofensores y a confiscar su propiedad --una horrorosa apelación a la codicia de la que Roma estaba comenzando a hacer uso--. A todo aquél que “tomara las armas” contra ellos, según dijo, les prometía dos años de perdón de penas y aún otros privilegios. En suma, los Cátaros fueron quemados o encarcelados en muchos lugares, pero en el sur de Francia príncipes y nobles los favorecieron y estuvieron orgullosos de su industria e integridad en un mundo corrupto. En 1167 el jefe de la secta Pauliciana (la madre de la secta de los bogomiles, que fue a su vez la madre de la secta de los albigenses) se dirigió a Albi, reunió un numeroso sínodo, consagró cinco nuevos obispos, y le otorgó a la religión un triunfo público espléndido.


Esta era la situación cuando, en 1198, Inocencio III, el más grande de los Papas, se colocó la tiara. Algunos de mis amigos me critican gentilmente por no hablar, como lo hacen generalmente los historiadores, afablemente de Papas tan profundamente religiosos como Gregorio I, Gregorio VII, e Inocencio III por lo menos. Los católicos harían bien al entender que, cuando los historiadores no católicos agregan una palabra complementaria al dirigirse a dichos Papas, fuerzan la evidencia para conciliar con los lectores religiosos. Pues son justamente estos hombres los que más mortalmente hirieron a la civilización europea, y, consiguientemente, a la civilización americana que esperaba su desarrollo.


Durante nueve años Inocencio tuvo monjes predicadores en las provincias heréticas, urgiendo a los obispos y a los príncipes a perseguir a los herejes, sin embargo no eran muy eficientes. Su legado principal, Pierre de Castelnau, recibió instrucciones en 1207 de organizar una campaña bélica de los príncipes, y la mayor parte de los nobles más pequeños aceptaron. Es necesario para el lector tener en cuenta que en el siglo XIII la guerra significaba un saqueo ilimitado, y los pueblos albigenses eran de los más prósperos en Europa. Fue creado un espíritu corrosivo, y el Legado fue asesinado. Proclamando ferozmente que el responsable era Raymond, Conde de Tolosa --Inocencio tiempo después admitiría que no había evidencia; en efecto, lo más improbable es que lo hubiera hecho-- el “gran” Papa llamó a las armas, y amenazó fuertemente a los príncipes y caballeros cristianos que no obedecían al llamado.


No había necesidad de amenazas. Imaginad al presidente de los Estados Unidos informándoles a los pistoleros de Chicago --los caballeros cristianos de esos días no eran mucho más éticos-- que les permitía invadir y saquear Los Ángeles, Hollywood, y Pasadena, y obtendréis algo así como un símil. Lo dice un poeta contemporáneo, veinte mil hombres a caballo y doscientos mil a pie convergieron contra los Albigenses. Guiados por el Abad de Citeaux --un sacerdote tan sangriento como Torquemada-- y un sórdido aventurero anglo-francés, Simon de Montfort, cuyos bolsillos estaban vacíos. El Rey de Francia se mantuvo al margen --en un principio, sólo porque sus términos con el Papa eran exorbitantes.


La magnitud de la “herejía” puede adivinarse cuando conocemos que dos años después de la más brutal carnicería eran todavía tan fuertes que, cuando el Papa renovó la “cruzada” en 1214, cien mil “peregrinos” debieron ser convocados. Los inocentes fanfarronean que ocuparon quinientos pueblos y castillos heréticos, y que masacraron a cada hombre, mujer y niño de cada pueblo que ocuparon. Las damas de la nobleza con sus hijas fueron arrojadas a posos de agua, y enormes piedras les fueron lanzadas. Los caballeros fueron ahorcados en grupos de ochenta. Cuando, en el primer pueblo numeroso, los soldados preguntaron cómo distinguir entre heréticos y ortodoxos, el abad cisterciense rugió: “Matadlos a todos, Dios sabrá lo suyo,” y asesinaron a los cuarenta mil hombres, mujeres y niños sobrevivientes. Los escritores católicos modernos meramente se evaden cuando disputan estos teman. Son los católicos de la época los que nos lo cuentan.


El comportamiento del Papa durante estos años nefastos fue repugnante. He descripto sus idas y venidas en mi Crisis en la Historia del Papado (basado en las cartas del propio Papa), y debo ser breve. Raymond de Tolosa, a fin de no perder a su gente, se rindió antes de que la cruzada comenzara, a pesar de lo cual el Papa expresamente les ordenó a sus legados (Cartas, xi, 232) que lo “traicionaran y que prosiguieran con la erradicación de los demás herejes.” Su tratamiento brutal hacia Raymond, sin juicio alguno, se ganó la censura aun del rey de Francia. Detuvo la cruzada después de dos años de incomparable carnicería, y luego cedió ante el fanatismo de los monjes y la codicia de los soldados, y la reanudó. Estaba claramente enfermo por el exterminio y las pasiones viles de sus instrumentos, pero extrajo del monumental crimen un vasto material para provecho del Papado, y le dejó al mundo, que pronto abandonó, la piedra fundacional de la Inquisición, un obsequio tan mortal y pugnante como su masacre.

 
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